22 de octubre de 2008

Sobre discriminaciones y perjuicios


Está de moda hoy día hablar de discriminaciones positivas. Se dice además que estas discriminaciones no implican en ningún caso perjudicar a nadie o, que si así fuera, el bien perseguido (generalmente la igualdad) valdría más que ese agravio “colateral”. Pues bien, intentaré en este post demostrar por qué afirmar esto es falaz y discriminar positivamente -ya sea a través de programas de intervención especial o cuotas- supone ni más ni menos que un perjuicio para el resto de los no “positivamente discriminados”.

Para ello es importante recordar que:

1. El tiempo es finito y limitado: disponemos todos sin excepción de 24 horas y en función de una serie de variables (salud, contexto, suerte etc.) un número más o menos cuantioso de años de vida.

2. Otro tipo de recurso como es la fuerza de trabajo también es finita y limitada ya que a expensas del interés y dedicación que uno pueda desplegar en una determinada tarea, existen una serie de necesidades (biológicas o de índole autorrealizadoras) que nadie puede ignorar pese a que en última instancia, el tiempo delimita, de todas todas, nuestra oferta potencial como fuerza de trabajo.

3. Por último, los recursos materiales (no humanos) son también finitos sean éstos más o menos cuantiosos o costosos ya que salvando el hecho de que vivimos en una constante revolución tecnológica, los recursos energéticos o su explotación son a día de hoy también limitados.

Según la R.A.E. discriminar significaría seleccionar excluyendo, pues bien, uno de los principios básicos de la economía es que el coste de una cosa es también aquello a lo que renunciamos para conseguirla (concepto de coste de oportunidad) y como acabo de plantear, toda elección encuadrada en un contexto de insalvables limitaciones (en cuanto a recursos), supone renunciar a otras tantas o más posibilidades. Por tanto, el hecho de seleccionar aunque sea “bienintencionadamente” implica que los no seleccionados serán obviamente desatendidos y por tanto, en un sentido amplio y riguroso, perjudicados puesto que todos esos recursos destinados ya no serán recuperables. Ejemplo: si un docente cuenta con diez alumnos, un aula y ocho horas de clase, cada minuto que el profesor dedique a la atención personalizada de un determinado alumno, supone un minuto perdido para los intereses (digamos más individuales o egoístas) de los nueve alumnos restantes. En este ejemplo, la cosa no parece grave pero si “tensamos un poco más la cuerda” y planteamos un auténtico dilema de tratamiento terapéutico, el tema parece más claro: imaginemos ahora que en un remoto pueblo de Asturias, no sólo se dispone de un único profesor con la suficiente preparación sino que además, uno de esos diez alumnos es ciego. El único cualificado para atender terapéuticamente a este niño es ahora además el único cualificado para impartir clase a los que sí que ven. Por tanto al profesor se le plantea un grave dilema: dedicar un importante número de horas a las necesidades educativas especiales del niño ciego en detrimento del aprendizaje de los otros nueve, o centrarse en la instrucción (convencional) del grupo en detrimento de las necesidades del chico invidente. No olvidemos que el profesor sigue disponiendo, al igual que antes, únicamente de ocho horas, diez alumnos y un único aula...

Esto nos llevaría al segundo tema a tratar. Y es que aceptando el hecho inequívoco de que todo el mundo comparte una serie de necesidades (en el caso anterior, la necesidad de aprender), esa selección o discriminación de la que hablábamos antes será catalogable como “positiva” o “negativa” únicamente en función de la valoración subjetiva -
por parte del potencial ofertante de la ayuda- de las necesidades requeridas por los potencialmente “ayudables” (como buenas-malas, mejores-peores). Como bien plantea Pinker, “la cuestión no es si la trigonometría es importante, sino si es más importante que la estadística; no es si una persona instruida ha de conocer a los clásicos, sino si es más importante que una persona instruida conozca a los clásicos y no la economía elemental. En un mundo de una complejidad que constantemente pone en entredicho nuestras instituciones, no se pueden evitar responsablemente esos equilibrios.”

Y llegamos entonces al tercer y último punto a tratar: discriminar significa perjudicar por omisión a terceras personas, pero ¿no es esto lo que hacemos todos a todas horas? Elegir y por tanto... ¿perjudicar por omisión a los no elegidos? En efecto, por ello, dos cuestiones de profundo calado se nos plantean: ¿hasta qué punto discriminar planificada y sistemáticamente (desde el Estado central) es justo y deseable? ¿Dónde acaba la igualdad de oportunidades y empieza el igualitarismo que discriminaría positivamente a los menos capaces y negativamente a los que más lo están?

Intentaré abordar (no dentro de mucho tiempo espero) esta problemática en forma de pregunta: ¿dónde o cuándo acabaría el “cada uno en función de sus necesidades” (concepción marxista adoptada por la educación) y dónde o cuándo empezaría el “cada uno en función de sus capacidades”?

César.

21 de octubre de 2008

Sobre precio "auténtico" y precio de mercado


Considero que si alguien expresa algo de manera razonada, comprensible y atractiva, uno debe rendirse ante la evidencia y copiarlo descaradamente, a ello pues:

F. G. que imparte Organización y gestión de centros educativos afirmó el 15 de octubre que no fue hasta Marx y su teoría de la plusvalía que se sistematizó dentro de la organización empresarial el reparto de beneficios entre empresarios capitalistas y obreros que (y cito textualmente) “son los que realmente trabajan”. Añadió que fruto de todo esto, hoy día el asalariado-tipo cuenta con al menos dos pagas extras, lo cual -precisó- no es nada desdeñable.

Me parece ésta una gran oportunidad de estrenar el apartado “Sesgos universitarios” donde un servidor no pretende más que analizar y contrarrestar argumentadamente las teorías explícitas o implícitas que se sustentan día tras día en innumerables aulas (en este caso universitarias).

“Los economistas hablan de la falacia física: la idea de que un objeto posee un valor auténtico y constante, en oposición a que tiene sólo el valor que alguien esté dispuesto a pagar en un determinado lugar y en un momento dado. Ésta es simplemente la diferencia entre la mentalidad de Ajuste a la Igualdad (donde dos personas intercambiarían bienes o favores en diferentes momentos, y los elementos objeto del comercio son idénticos o al menos muy similares o en todo caso, fácilmente comparables) y la de Precio de Mercado. Es posible que la falacia física no se plantee cuando se intercambian tres pollos por un cuchillo, pero cuando en los intercambios median el dinero, el crédito y terceras partes, la falacia puede tener unas consecuencias terribles. La idea de que los bienes tienen un “precio justo” implica que es avaricia cobrar cualquier precio superior, y el resultado fueron los precios obligatorios en la Edad Media, en los regímenes comunistas y en muchos países del Tercer Mundo. Estos intentos de esquivar la ley de la oferta y la demanda normalmente han derivado en el despilfarro, la escasez y el mercado negro. Otra consecuencia de la falacia física es la extendida costumbre de proscribir el interés, cuyo origen está en la intuición de que exigir dinero adicional a quien ha devuelto exactamente lo que se le prestó es avaricia.

[...] como los prestamistas y los intermediarios no hacen que existan objetos tangibles, sus aportaciones son difíciles de comprender y muchas veces se piensa que son unos aprovechados y unos parásitos. Un hecho recurrente en la historia de la humanidad es el estallido de marginación, confiscación, expulsión y violencia de las masas contra los intermediarios, muchas veces unas minorías étnicas que aprendieron a especializarse en el nicho del intermediario (véase judíos en Europa por ejemplo)”

Hilo argumental de Thomas Sowell.

19 de octubre de 2008

Conocimiento y libertad


"Una tabla que no sea rasa, un papel que no esté en blanco, significa que todos los sistemas políticos llevan consigo un equilibrio entre la libertad y la igualdad material. Las principales filosofías políticas se pueden definir por cómo tratan este equilibrio. La derecha del darwinismo social no valora la igualdad; la izquierda totalitaria no valora la libertad. La izquierda rawlsiana sacrifica cierta libertad en aras de la igualdad; la derecha libertaria sacrifica cierta igualdad en aras de la libertad.
Es posible que las personas RAZONABLES no se pongan de acuerdo sobre cuál sea el mejor equilibrio, pero no es razonable pretender que no existe."

* extraído de The blank Slate de Steven Pinker. (negrita y mayúsculas añadidas por mí)

Según la R.A.E. razonable sería:

1. adj. Arreglado, justo, conforme a razón.

Y se refiere al concepto racional:

1. adj. Perteneciente o relativo a la razón (por si alguno no supiera qué hay que entender por "conforme a la razón" y añade la R.A.E. en la cuarta acepción: "que no contiene cantidades irracionales")


Por un futuro donde la discusión científica (razonada) no equivalga a una inevitable persecución social del disidente.

César.

17 de octubre de 2008

Sobre la bondad y la corrección en la universidad


¿Qué ocurre a día de hoy en nuestras universidades? Pues ocurre que el saber está al servicio de la masa. ¿Qué debemos entender por masa? Pues como bien define la R.A.E. "aquél grupo de gente que por su número puede influir en la marcha de los acontecimientos", y en este caso, los acontecimientos no son otros que el libre, razonado y fundamentado avance del saber.

Triste es la palabra, no hay otra, o quizás sí: indignante, humillante, injustificable, y por qué no, previsible. Sí, en efecto: era previsible. Y es que a día de hoy no hay sociedad -por muy libre que sea o pretenda ser- que esté lo suficientemente preparada o mejor dicho formada como para entender, digerir y asumir que una de las exigencias de la libertad -en este caso de la libertad intelectual- es que cualquier causa o idea debe poder ser defendida por alguien. Y es que como ya bien dijo Hayek: “La tragedia del pensamiento colectivista es que, aun partiendo de considerar suprema a la razón, acaba destruyéndola por desconocer el proceso del que depende su desarrollo”(1).

Las razones o, mejor dicho, excusas tras las cuales se escudan los censores son tan nimias como insustanciales y es que poco o nada importará lo mejor o peor fundamentada que esté la teoría en cuestión sino su adecuación o no a los intereses sustentados, ya sea racional o irracionalmente, por la masa. Esto demuestra no sólo la nula capacidad para entender, destripar y criticar respetuosa y razonadamente cuantos argumentos hagan falta para generar nuevos conocimientos (supuesto fin último de la ciencia), sino que además nos da una idea del acusadísimo “borreguismo” ideológico que impera hoy día por tantos lares supuestamente “serios”. Para que me entiendan, no es que un argumento deba ser, de facto, válido dialéctica o argumentalmente, es que lo único que va a importarle a la masa o, mejor dicho, a los que “amasan” (el poder) será, única y exclusivamente el tema tratado pero sobre todo, la tesis defendida. “No nos toquen las bondades consensuadas, que su esfuerzo nos ha costado endosárselas a la gente ” deben pensar algunos intelectuales mal llamados "progres".

¿A qué nos lleva todo esto? Pues nada más y nada menos que a la segregación del pensamiento crítico y a la elitización del conocimiento general en definitiva. Y luego se enfadan cuando la universidad dual crea o acentúa desigualdades sociales, pero si lo están pidiendo a gritos oiga. Tal vez lo que pase es que al final ellos mismos sean las primeras víctimas de su propia ineptitud intelectual y lo que haga falta sea tiempo y esfuerzo -mucho esfuerzo- por parte de aquellos que curiosamente son constantemente censurados (o directamente “retirados de la circulación” por su libertad e independencia intelectual) para poner fin a todo esto.

¿Estaremos ante otro caso de medio cuyos efectos sean seguramente mucho peores que el supuestamente -y a todas luces- “bondadoso” fin perseguido? Pero, un momento: ¿Qué valioso o preciado fin puede esconderse tras ese ingrato y poco vistoso medio que es la censura y/o trituración pública de docentes, discentes y pensadores “disidentes“ en general? Pues me quedan ya pocas opciones: ¿Intereses de alguna oscura conspiración adoctrinadora o mero daño colateral de la imperante dictadura borreguil ? Difícil elección.

(1) extraído de Camino de servidumbre, de Friedrich A. Hayek, pág. 206


César (07-04-2008)