12 de noviembre de 2008

Marx educador


“De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”


¿Por qué pretender llevar esta frase a la práctica implica mentir y coaccionar?

Axiomas en los que me basaré:

1. La naturaleza humana es competitiva y primordialmente egoísta. El altruismo, por regla general, es minoritario cuando no inexistente. (Dedicaré en un futuro próximo un post enterito a tratar el paradigma altruista por lo que obviaré peligrosamente la necesidad de demostrar ésto.)

2. Las necesidades son en gran medida subjetivas. Todos compartimos una serie de necesidades biológicas, pero fuera de eso, la importancia otorgada a una u otra cosa (ya sean afectos, bienes o estilos de vida) varía en función del individuo, aunque no negaré por otra parte la existencia de marcadas influencias culturales en aquello que una determinada población como conjunto percibe como valioso y/o necesario.

Una vez aceptado esto (discutible y discutido faltaría más), paso a enumerar los defectos de forma en los que incurre la aplicación de la frase:

1. Concretar qué, o incluso quién, es o no, necesario.

2. Conseguir los recursos necesarios para responder a las necesidades previamente establecidas.

3. Conseguir repartir y administrar en su justa medida lo establecido y “recolectado” en el anterior punto.

En definitiva, hablaríamos de los problemas de llevar a cabo la planificación, recolección y posterior distribución eficaz de los recursos.


Creo que cualquier persona es capaz de entender, deteniéndose un minuto a analizar estos tres puntos, que su resolución es, si no imposible, muy difícil de conseguir. Pero, como alumno de pedagogía que soy, por qué no confiar en lo dado, lo ambiental, lo cultural, lo instructivo... para así conseguir, no sólo que todos crean que es bueno, justo y correcto el que se sacie por sistema las necesidades de los demás, sino también: permitir la ejecución satisfactoria y eficaz de los tres pasos descritos anteriormente. Y es aquí donde surge el mayor de los problemas.

1. La coacción:

El que yo necesite algo, no implica el que ese “algo” exista o ni tan siquiera deba existir. Ejemplo: el llanto de un recién nacido expresa malestar y por tanto necesidad de determinados cuidados pero por mucho que el niño llore, sin sus padres o cuidadores cerca, poco o más bien nada obtendrá a cambio de sus llantos. Y esto que parece una nimiedad es, si me apuran, trágico cuando uno ve cómo determinadas necesidades o bienes han pasado del SON necesarios o valiosos, al DEBEN SER saciados o proporcionados aunque ello implique coaccionar a terceras personas.

¿Cómo redistribuyo algo que no existe todavía (cuantitativa o cualitativamente hablando)? Esperando a que exista. ¿Y si esto no fuera aceptable? Obligando a alguien a que lo construya, invente, consiga, multiplique... ¿Cómo consigo redistribuir algo que no he creado yo mismo? Convenciendo a la otra persona de que es bueno que lo haga. ¿Y si sigue negándose? Obligándolo o coaccionándolo.

¿Cómo entonces partiendo del hecho de que la especie Homo Sapiens es egoísta en su búsqueda por saciar su instinto de conservación y reproducción, conseguiremos que un ser humano redistribuya o done aquello que posee o ha creado a título individual? Convenciéndole, obligándole o coaccionándole, indistintamente.

Los educadores en su afán por ayudar a aquellos que necesitan de su ayuda, llegan a confundir necesidades y realidad, por lo que acaban consciente o inconscientemente mintiendo (segunda de mis críticas), ¿por qué?

2. La mentira.

Veamos: ¿Educar es conseguir que alguien sea libre y responsable, o inculcar sesgadamente todas aquellas doctrinas, valores o pensamientos en los que uno como educador cree? A más de uno se le debería caer la cara de vergüenza cuando asegurando estar educando no hace más que adoctrinar. ¿No es la libertad, la capacidad para elegir, y responsabilidad, la de reconocer y aceptar las consecuencias de nuestras elecciones? Ayudando a los pobres existenciales (educandos) parece que el docente acepta y supone que es implícito el que la necesidad de los demás (alumnos, discentes o educandos) sea su razón de ser como educador, y algo así debe pasar con el resto de la humanidad, deben pensar... Pero la realidad es bien distinta. Pese a los esfuerzos de los educadores, o quizás gracias a ellos, la humanidad sigue siendo competitiva, anhelando las personas cumplir objetivos que muchas veces no son ni compatibles con las intenciones o deseos de terceros. ¿Es la realidad entonces un ejemplo de maldad absoluta? Según la frase que da pie al post, aparentemente sí, ya que concibe las necesidades personales como fuente de exigencias o más bien de derecho (educación, vivienda digna, trabajo digno, ocio etc.). Todo lo que implicara no saciar o cubrir estas necesidades sería malo y debería ser entonces subsanado, pero un momento, si esto no fuera posible por medio de la Educación: ¿A través de qué podría conseguirse? Pues del mayor engendro coactivo jamás inventado por el hombre: el Estado.

Hemos visto por tanto que llevar a la práctica esa frase implicaría: primero, ser sabio u omnisciente si me apuran; y segundo: educar y si hiciera falta (y la experiencia más directa nos demuestra que así es): obligar, coaccionar o arrebatar.

Ayudar a los demás es producto de nuestra capacidad para elegir libremente, y por tanto es algo inherente a nuestra libertad como animales racionales que somos. ¿Y obligar a otros ayudar a los demás, qué es? De nuevo un uso de nuestra libertad, pero a diferencia del anterior supuesto, éste supondría una imposición de facto a un tercero que vería sí o sí vulnerada su también inherente condición de ser humano (racional y libre).

Exijo pues a todos aquellos docentes universitarios que fundamentan su concepción educativa en la frase que da pie al artículo (con todo lo que ello conlleva), que a partir de hoy mismo dejen de afirmar que educan en pos de la libertad y responsabilidad del educando, sino más bien para la igualdad y la resignación, que parece ser que no es lo mismo.


César.

7 de noviembre de 2008

El dinero lo es todo (3ª parte)


Concluí en la segunda parte que el Estado "educador" es dos cosas: ineficiente y eficaz (términos no contradictorios). Ineficiente por lo mal que desde su planificación central emplea nuestros recursos; y eficaz por cómo consigue -pese a algunos contratiempos- imponer a la larga su visión (sea acertada o no) de qué debe ser el hombre y/o ciudadano.

Y esto es así gracias a una única y sencilla razón que ya mencionamos con anterioridad: la educación es un derecho pasado a obligación. Es decir, la instrucción evolucionó así como por “arte de magia” del ES (“buena”) al DEBE SER (...“todo el mundo instruido”). El caso es que yo por mi parte y desde mi "molesta" opinión, como dice un simpático profesor de la facultad, negaré en rotundo el que la instrucción pueda y deba ser un derecho y aún menos una obligación para así poder analizar seguida y asépticamente qué ocurriría si la enseñanza dejara de ser un bien público y pasara a convertirse en un bien privado, como los televisores por ejemplo.

¿Qué “desalentador” panorama nos aguardaría tras este "ultraje" a los Derechos Humanos? Intentaré exponer muy brevemente pros y contras:

Contras:

- Desigual enseñanza y por tanto educación en función de la riqueza familiar.


Pros:

- Más dinero en el bolsillo del contribuyente a gastar en lo que más le interese (como en enseñanza privada por ejemplo, por qué no...)

- Casi absoluta eficiencia a largo plazo en cuanto a utilización de recursos educativos se refiere.

- Posibilidad de acceso al mundo laboral, también llamado “real”, en el momento en que uno lo considere apropiado.

- Enriquecimiento-diversificación de la oferta instructiva y por tanto: elaboración y fomento de nuevas formas de creatividad, conocimiento etc.


Huelga decir que los pros pasan a ser contras cuando uno tiene poca o ninguna opción de elegir
por falta o escasez de recursos pero también, y esto es importante, cuando esa misma persona -y por la razón que sea- yerra en la elección ya sea del tipo de estudios, centro, duración etc. Libertad de elegir implica libertad de acertar pero también de equivocarse.

Cierro el dinero lo es todo concluyendo que si el mercado de la enseñanza fuera en efecto como el de los televisores, ocurriría entonces que los fabricantes (educadores) se matarían -metafóricamente hablando- por ofrecer la mejor calidad al mejor precio, lo que a medio y largo plazo se traduciría por más y mejores ofertas educativas a menor precio (más competitivo). La abolición de leyes reglamentarias educativas propiciaría, además de la diversificación y especialización, la experimentación, condición estríctamente necesaria para que pueda darse el progreso en cualquier ámbito científico, no sólo el pedagógico. Y siendo yo el primero que entiende y asume que no todos podemos, ni podremos aunque nos lo propongamos, permitirnos un televisor de plasma de cincuenta pulgadas, quién sabe hasta qué punto la gente podría empezar, no sólo a pagar grandes sumas de dinero, sino a hacer importantes sacrificios en pos de una escolaridad privada de calidad, si llegaran a
aceptar y comprender lo que realmente cuesta (económicamente) e implica (humanísticamente) la enseñanza y por ende, la educación.

La ciencia económica demuestra por tanto que el libre mercado en un contexto altamente competitivo favorece tanto cuantitativa como cualitativamente al mayor número de personas pero, ¿qué ocurre entonces con aquellos sujetos que quedan fuera del mercado? Emplazo la respuesta a vuestras posibles réplicas y a un futuro post acerca de la solidaridad y el altruismo.

César.